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Contratransferencia

 

“Nos hemos visto llevados a prestar atención a la contratransferencia

que se instala en el médico por el influjo que el paciente

ejerce sobre su sentir inconsciente,

y no estamos lejos de exigirle que la discierna

dentro de sí y la domine”

(Freud, 1910)

 

  1. El concepto de contratransferencia:

 

Laplanche y Pontalis (1993) definen contratransferencia como el “Conjunto de las reacciones inconscientes del analista frente a la persona del analizado y, especialmente, frente a la transferencia de éste” (pág. 84).

Es común que se entienda por contratransferencia a aquellos sentimientos que se despiertan en el analista ante el paciente; así pues, cuando al psicoterapeuta psicoanalítico se le pregunta, cuál es la contratransferencia en determinado caso, es común escuchar respuestas que se asocian con enojo, aburrimiento, cansancio, angustia, confusión, etc. Pero ¿qué es lo que lleva a que se despierten determinados afectos en el analista? ¿Por qué de una gama de afectos, se despiertan unos en específico y con determinado paciente?

Ya es un gran paso que el analista esté al tanto del sentir que le provoca el paciente, registrar los afectos que se van despertando a partir de la comunicación verbal y no verbal. Conforme avanzamos en el estudio de la técnica Psicoanalítica y aumenta nuestra experiencia clínica, nos  damos cuenta que no es solo detectar ese afecto, es ése un primer paso, al que luego seguirá el preguntarnos qué de lo que hace o dice el paciente despierta los propios conflictos inconscientes llevándonos a que se despierte tal afecto, como no poner atención en el tema, “a no entrarle” desviando el discurso, olvidando la regla básica de la asociación libre y de la atención libremente flotante, esto como defensa ante los propios conflictos, convirtiéndose así la contratransferencia en un obstáculo.

Así pues una propuesta breve de definir  la contratransferencia es:

Contratransferencia: respuesta que tiene el analista ante la Transferencia del paciente; en donde ésta, la contratransferencia, a su vez permite entender, interpretar y diagnosticar al paciente.

  1. La contratransferencia y su papel en el tratamiento:

Analizar la contratransferencia, cuando nos estamos iniciando en la práctica clínica, resulta complicado, pero no por ello imposible. La contratransferencia puede convertirse en una herramienta útil para el tratamiento, ya que entendiendo sus bases inconscientes, puede favorecer en avances al tratamiento. Una vez que ponemos atención a lo que nos hace “sentir” el paciente, debemos ir más allá, es decir, buscar lo latente, qué de nuestro mismo inconsciente emerge y busca expresarse a partir de la relación con el paciente. Se pide al analista que tenga una actitud abstinente, para lo cual Freud recomendaba el autoanálisis, o que en nuestro caso sería acudir a un proceso de psicoterapia psicoanalítica, el cual nos permitirá entender los propios conflictos inconscientes y poderlos descifrar al estar con el paciente, para que al aparecer temas difíciles  de la propia historia no nos lleven a evadir el tema.

La contratransferencia sirve de guía al terapeuta en el tratamiento, nunca se revelan al paciente las propias reacciones, sino refiriendo de éstas cuáles son los propósitos ocultos de la conducta del paciente. Algo que se presenta al trabajar con personalidades narcisistas, por ejemplo, son reacciones en donde lo que opera es una desvalorización del paciente al terapeuta, tal es el caso de Isabel, presentado por la compañera Emma Pérez, en el cual se ve como la paciente devalúa por su omnipotencia, y que según expresiones de Emma, era lo que le molestaba de esa paciente, si entendemos que son mecanismos propios de las personalidades narcisistas, no caeremos en las actuaciones contratransferenciales, aunque también debe considerarse para estos casos que si como analista no tenemos resueltos nuestros conflictos narcisistas, ante la idealización del paciente se experimentará rechazo o aceptación en exceso, si se da la aceptación conllevaría la pérdida de la neutralidad, al igual el experimentar rechazo puede deberse a que esa idealización no es real y tiene elementos de control, una vez que se identifica como parte de los mecanismos de defensa del paciente tanto la idealización primitiva como el control omnipotente deben ser interpretadas, para que el paciente comprenda su necesidad de desvalorizar para defenderse de la envidia, y en el caso de Isabel ubicar la forma en la que se vincula; esto mismo debe considerarse con los adolescentes por los movimientos narcisista que los caracterizan.

Cuando la contratransferencia no es entendida, se hacen intervenciones que nada tienen que ver con el paciente, a lo que se les llama actuaciones contratransferenciales, con las cuales, se está lejos de entender al paciente. No se trata entonces de que el analista sea un humano frío sin sentimientos. Hay dos personas que se encuentran, paciente y analista, en los dos se despertarán emociones,  solo que el analista ubica y evita que interfieran en el tratamiento, empleándolos a favor de éste. Kernberg (1979) refiere que la contratransferencia puede ser utilizada como un instrumento diagnóstico. Por ejemplo, cuando uno, como terapeuta,  detecta lo que le hacen sentir los neuróticos obsesivos, pude volverse esa “sensación” o afecto en un indicador para el diagnostico, que será solo cuestión de corroborar.

Etchegoyen (1986) al referirse a  Racker, menciona que la contratransferencia, se clasifica en concordante y complementaria.

“en la contratransferencia concordante el analista identifica su yo con el yo del analizado, y lo mismo para las otras partes de la personalidad, ello y superyó. En otros casos, el yo del analista se identifica con los objetos internos del analizado, y a este tipo de fenómenos Racker le llama contratransferencia complementaria…” (pág. 299).

  1. Contratransferencia en el caso Thomas:

Elegir el tema de la contratransferencia para este ensayo no fue azaroso, ya que cuando se revisó este caso en el salón de clases, en varios puntos de la historia del paciente, identificaba algunas cosas con mi propia historia e inclusive en ocasiones, al revisar el caso aparecían asociaciones propias, lo cual complicaba el entendimiento de qué sucedía a Thomas. Una vez elegido el tema para este trabajo, comenzarlo parecía en realidad una resistencia, pues tener que hablar de mí en relación al paciente se volvía “confuso” y complicado, pues había que analizar qué en mí estaba despertándose, y además había que exhibirse.

Iniciaré por hacer un análisis de mi contratransferencia a partir de la historia Clínica. De la demanda manifiesta de tratamiento de Thomas (si olvidar que llama la madre y lo lleva la hermana), lo que más llama mi atención son los problemas con el padre, que, como luego se especificará en la Historia clínica y sesiones, es parte importante para el entendimiento de el caso, sin embargo ubico mis propias dificultades con la figura paterna, conflictos que gracias a el propio análisis han podido irse esclareciendo, por lo que si fuera mi paciente tendría que estar pendiente de ubicar qué es mío, para no caer en suposiciones que no me permitieran escuchar al paciente. Cuando Thomas describe a su padre como “un hombre arrogante e imponente, imposible de complacer”, sentía estar, en cierta forma, en una situación parecida a la de Thomas; inclusive al releer la historia, resulta curioso que solo fuera eso lo que llamara mi atención de la descripción de el padre de Thomas, pues hay muchos otros puntos importantes que no  había considerado, si esto sucede al leer una historia clínica, veríamos como esto es parecido a lo que pasa al estar ya con el paciente, en donde la atención “libremente” flotante parece no ser tan libre. También es importante señalar que conforme se va teniendo mayor experiencia clínica se vuelve más sencillo identificar estas reacciones, e inclusive se convierten en un instrumento diagnóstico, por ejemplo: Thomas llega hablando de “estar deprimido, sin ganas de hacer nada, perdiendo años en la escuela, y con sentimientos de caerles mal a todos” este discurso, no solo en este paciente, sino en muchos otros, aunándole esa necesidad de ser “cargados por la vida”, provocan en mi una molestia muy peculiar, es enfado y un deseo como de “cachetear” al paciente para que reaccione, en otros casos, me descubría actuando este deseo agresivo con intervenciones que para el paciente resultaban dolorosas, por lo que es algo que me sirve para diagnosticarlo en un primer momento, pero siempre tomándolo en cuenta para no actuarlo, entones, esta reacción tiene que ver con la tendencia pasivo-agresiva en este tipo de pacientes y sus rasgos dependientes.

Otra parte de la historia de Thomas, que mueve mis propios conflictos, es cuando habla de la secundaria, que en realidad hablaríamos de la etapa de la adolescencia, ya que señala no relacionarse con sus compañeros, lo cual reactiva mis propios conflictos en esta etapa, caracterizada por el aislamiento social, lo cual supongo me permitiría desde la contratransferencia concordante empatizar con el paciente, es decir ser capaz de ponerme “en sus zapatos”, entender lo difícil que pudo ser para él, además de que al tener el conocimiento teórico sobre lo que caracteriza a esta etapa me permitiría comprender qué sucedía al paciente; siempre tratando de evitar que la contratransferencia me impida entender al paciente, pues es común que se busque entender los propios conflictos, queda claro que todo esto a un nivel inconsciente.

En ocasiones, uno llega a sentir con los pacientes, que por alguna razón “extraña”, resulta muy complicado entender qué es lo que les sucede, no siempre es culpa de la contratransferencia, ya que también debemos tomar en cuenta que hay casos en los que la psicopatología aún no ha quedado clara; pero cuándo sí es la contratransferencia y los temas en algún paciente resultan incómodos, y es imposible conectarse (hacer clic) con el paciente, eso se vuelve material-tema de análisis, lo cuál es algo muy “padre” ya que no se revisa qué pasa al paciente, sino qué me sucede a mi, en relación a ese paciente, y entonces es cuando puedo ver como mi propia historia no me permite ver claramente al paciente; es como si entre el paciente y yo hubiera un cristal, un cristal que yo ensucié, y llené de recortes e imágenes, pero que me pertenecen a mi y que yo fui quien decidí poner ahí. Ya después de haber revisado, esas “extrañas” reacciones con determinado paciente, ese cristal poco a poco vuelve a ser transparente. Nosotros como terapeutas, nunca dejamos de sentir, pero si ubicamos lo que sentimos y sabemos a qué se debe, podremos darle un significado, seguir siendo “neutrales” y utilizándolo a nuestro favor y sobre todo a favor de el paciente, evitando actuaciones contratransferenciales, entonces pues después de revisar qué ha pasado conmigo y por qué las dificultades con tal paciente, poco a poco resulta más fácil entenderle, y entonces es como si se estuviera una plaza de toros, en el ruedo, al mismo tiempo que desde las gradas (el yo observador) podemos ver que es lo que nos pasa en relación a el paciente. Debe reconocerse que aún y con un tratamiento analítico de varios años, debe aceptarse que siempre se debe de esta al tanto de la contratransferencia.

Uno de los momentos en el que es común observar lo difícil que es no actuar la contratransferencia, es ante los silencios. En mi propia experiencia, recuerdo lo complicado que era observar, y en ocasiones aún lo es, como el paciente se angustia ante el silencio, por lo que era yo quien lo rompía, con intervenciones que en nada venían al caso, y que eran asociaciones propias; como una necesidad de calmar esa ansiedad por el temor a que se desborde la propia angustia, y a la vez la del paciente y temor a no poderla controlar.

Con pacientes dependientes me he descubierto gratificándoles dándoles más tiempo de la sesión, aceptando la dependencia, pero por lo regular violando el encuadre (que por cierto es ponerse al favor de la resistencia si no se trabaja). Entonces, por ejemplo, en el caso de Thomas, yo veo a un paciente que le “gusta” que lo vayan “cargando” por la vida, por lo que hay que estar al tanto de eso, y cuando lo sienta o vea señalarlo o interpretarlo de cómo el paciente demanda eso, primero haciéndoselo ver para corroborar que no es algo propio, ya que si no se identifica se puede caer en dar consejos,  haciendo así que Thomas siga sin hacerse responsable de si mismo.

De igual forma, estar al tanto de esta parte dependiente, y no confundirlo con alianza sino como una repetición de sus relaciones, y desde ahí entonces ubicar el sentimiento e interpretarlo, se me ocurre de la siguiente forma:

“Es curioso como siempre pides que te lleven por la vida, y parece que buscas lo mismo aquí, siempre preguntando “qué hago”, en lugar de responsabilizarte.”

Por otro lado, regresando a lo de mi propia relación con la figura paterna, al leer las sesiones pensaba “no, Thomas, no puedes enfrentarte así al padre”, por lo que yo pensaba que no era lo correcto que el paciente tuviera esos arranques hacia el padre, arranques violentos y entonces se me ocurrían intervenciones como: “por qué no te alejas”, “por qué no lo evitas”, “por qué mejor solo lo escuchas”, lo cual no estaría ayudando a entender al paciente, ya que como después se vio, en la supervisión, en realidad le aterran los impulsos agresivos por ser como el padre, por cuestiones de indiferenciación con la imagen que tiene del padre, por lo que la agresión busca otras formas de expresión, y entonces para lastimar al padre tiene el que sabotearse y lastimarse.

Ahora bien, supongamos que Thomas es paciente mío, a partir de la sesión del 11 de octubre de 2007, en donde agregaré cosas de la sesión real y cosas que creo podría llegar a contestar el paciente (a lo que, claro, ya debe considerarse contratransferencial):

Llega Thomas platicando que llevó el carro de Eloísa con el mecánico, con el que él lleva su carro, y ahí estaba su padre y el mecánico le pide que lo salude “… pues le tuve que ir a saludar a mi papá porque se me hizo feo no hacerlo, y pues ahí voy con Eloísa a saludarlo; empieza: -hola cómo están jóvenes- y le contestamos que bien, y luego nos pregunta que si llevé mi carro al servicio, y le dije que no, que era al de Eloísa, y que empieza: -y qué carro es, cuántos litros de gasolina gasta por cada 15 km- y cosas por el estilo, que Eloísa ni entendía ni le interesaba…” y después le pide se encargue de la casa de las colinas “… para que riegues los arbolitos, y yo le contesté que estaba bien, que nada más me llamara cuando ya se fuera a ir” y después el padre comienza a pedirle otros favores haciéndose, según palabras de Thomas, el chistosito lo cuál comenzó a molestar a Thomas.

Terapeuta ( T ): Oye Thomas, pero, a ver, no me queda claro, qué fue lo que te molestó.

Paciente ( P ): no, pues, la actitud, que comenzara a burlarse…, que si ya me iba a crecer la pelona, y más que nada que ahí estaba Eloísa, “siempre me lo encuentro cuando menos quiero, cuando menos necesito verlo…” “como a Eloísa ya le había platicado mucho de él, pues ya hasta le cae mal. Y cuando estaba mi papá platicando con ella, ella le hacía mala cara; y cuando se dio cuenta que yo me estaba enojando y que me abrazó, lo hizo para que me tranquilizara”.

T: a ver, espera, sí, por lo que me has contado de tu papá, el a sido agresivo contigo, pero me da la impresión que en esta ocasión a las palabras de tu padre les diste la connotación de “me está agrediendo”.

P: No, pues, es que igual y ya estoy muy a la defensiva, pero es que siempre ha sido así. No se, es que yo comencé a sentirme “chiquitito, chiquitito, como si me estuviera reduciendo a nada, escurriendo. Y es que mi papá provoca eso en mí. Quisiera deshacerme de su sombra y de su peso, pero no puedo. Nunca desperdicia la oportunidad para hacerme sentir mal; y no entiendo por qué”

T: creo que se ha vuelto una sombra porque tú ahí lo has puesto.

P: pues si, pero para qué.

T: tú para qué crees

P: No lo se, igual y porque siempre me ha hecho daño.

T: me da la impresión de que Thomas, no se ha dado cuenta que esa sombra no es otra cosa, más que tú mismo proyectado según de donde venga el rayo de luz. Y que te sometes a esa sombra, y lo único que queda claro es que siempre te auto-saboteas, esa sombra te opaca y tú no haces nada para dejar de cumplir eso…

P: …

Esta breve viñeta, permite ver como, yo supongo lo que contestará el paciente, quizá algunas partes plagadas de la propia historia, pero también, esto es parte de lo que pasa al estar con paciente, debemos de tener presente hacia donde va el paciente, ir algunos pasos adelante, seguirlo e irle guiando. Yo supongo que esto ayudaría a Thomas a ver que la representación que tiene del padre es algo que él ha creado, que hace falta integrar algunas partes de éste y que esa representación que tiene de el objeto lo lleva a creer que siempre el padre lo está queriendo dañar, y al no diferenciarse él del padre (a fin de cuentas lo describe como una sombra y las sombras son el reflejo de uno mismo) entonces él se lastima, porque si él no sobre sale y está en la oscuridad, la sombra tampoco lo hace, y que coloquialmente y dependiendo de la alianza podría decírsele también, algo así como: “es una forma de “joder” al padre, dándote tú en la “madre”.

Quizá una de las dificultades para el trabajo de la contratransferencia es que para trabajarla y resolverla debe de sacarse a la luz, lo que para algunos pudiera representar el que se den a conocer los conflictos internos, pero a la vez eso, el abrirse a la comprensión de la contratransferencia es lo que nos  permitirá conocer mejor de su manejo, evitar que se vuelva un obstáculo y ponerla al servicio del tratamiento.

 

 

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Jorge

Etapas del desarrollo Psicosexual infantil: Primera Infancia.

Todos al nacer llegamos al mundo en un estado de desamparo total, con la necesidad de que alguien más —la madre por lo regular—, cubra de forma inmediata nuestras necesidades fisiológicas para sobrevivir, sin embargo, también hay una serie de necesidades psicológicas que requieren ser atendidas; es por ello que Freud (1905/2003) desarrolló la teoría sobre el desarrollo Psicosexual infantil, con la intención de comprender cómo es que en los primeros años de vida del infante, existen ciertos procesos mentales basados en funcionamientos físiológicos, necesarios en el desarrollo mental.
Con el paso de los años, de la infancia, pasando por la adolescencia hasta la edad adulta, nos convertimos de seres biológicos a adultos psicosociales, es decir, vivimos en un constante desarrollo de nuestra personalidad. Cameron (2011) considera que este desarrollo de la personalidad, caracterizado por el paso de lo biológico a lo psicosocial, está relacionado con el vínculo que se establece con la madre —o quien haga las veces de función materna— como principal figura para el desarrollo del infante, esto es debido a que el Yo de la estrucutura psíquica de la madre, será prestado —subjetivamente— al recién nacido para tolerar las ansiedades y estados de tensión que se presenten a lo largo de su crecimiento.
Para comprender la psique humana, Freud desarrolló a lo largo de tres décadas, propuestas teóricas sobre modelos de la mente —el modelo del arco reflejo, el modelo topográfico y el modelo estructural— que daban explicación sobre el comportamiento consciente del ser humano, comportamiento determinado por contenidos inconscientes. Como ya mencionamos, Freud (1905/2003) propone que los seres humanos cursamos por etapas de desarrollo psicosexual, teoría que nos permite comprender cómo es que el desarrollo psicológico infantil del individuo determinará sus pautas conductuales en la edad adulta, y por lo tanto su estrucutura de la personalidad1; es decir que el proceso intrapsíquico que se vive desde que se es recién nacido hasta llegar a la edad adulta determinará el tipo de personalidad que desarrollaremos. Es importante aclarar que a lo largo de este apartado abordaremos sólo aquellas etapas del desarrollo psicosexual por las que cursa el paciente del estudio de caso que se analizará en esta tesis.
Piaget (como se citó en Serulnikov y Suarez, 2001) señala que durante los primeros meses de vida, los niños muestran un estadio de esquemas reflejos como apretar, tocar, frotar y chupar; desde una perspectiva psicoanalítica, estos esquemas de la vida temprana influyen en cómo nos relacionamos con aquellas personas que nos rodean, esquemas que después darán paso a la imitación.
Freud en Tres Ensayos de Teoría Sexual (1905/2003), hace referencia sobre el desarrollo psicológico del infante y el adolescente desde una perspectiva psicoanalítica, explica primero que las pulsiones —la energía que moviliza la psique humana— buscan modos de gratificación y descarga según la etapa del desarrollo psicosexual por la que el individuo va cursando. La idea central y explicativa de este proceso, es que durante la infancia se dirige la pulsión hacia los padres, ya que son ellos quienes gratifican las necesidades infantiles; en la adolescencia, en cambio, la pulsión será dirigida a las relaciones extrafamiliares, ello a partir de los primeros intentos de establecer relaciones de pareja y amistades profundas, dejando así de libidinizar a los primeros objetos de amor.
Veamos la propuesta de Freud (1905/2003) sobre las etapas psicosexuales del desarrollo infantil:
La primera es la Etapa Oral, corresponde de los 0 a los 15 meses de nacido; la zona erógena en esta etapa es la boca, con esto Freud se refiere a que el niño se relaciona con su exterior a partir de ésta, con el chupeteo y posteriormente mordiendo. El estímulo táctil de los labios, y de la cavidad oral, por el contacto con objetos y con la incorporación de los mismos, produce placer oral erótico-sexual, mientras que morder proporcionará placer oral-agresivo. Pero no solo es el contacto con el exterior lo que el niño aprende a partir de la boca, sino que se adquieren modos de funcionamiento intrapsíquicos, como lo son la proyección y la introyección. El niño traga-introyecta aquello que le agrada y escupe-proyecta lo que le desagrada. Debe quedar claro que el primer contacto entre madre y bebé se da a través de la boca.
Abraham (1994) subdivide la etapa oral en: oral pasiva y oral agresiva; la primera está caracterizada por la incorporación del objeto, y la segunda por la destrucción del mismo al sentir que lo pierde, esto una vez que aparecen los dientes y se da el destete.

El hambre provoca una sensación de displacer, a la que Freud (1905/2003) denominaba: estado de tensión. Este displacer desaparecerá una vez saciada el hambre, lo que conlleva a la localización del órgano que ha gratificado de forma plancetera ese malestar, es decir: la boca —que se constituye así como el órgano de excitación de esta etapa del desarrollo psíquico—.
La boca, será entonces libidinizada —es decir que se depositará en ella pulsión de vida—, y convertida poco a poco en una zona erógena de la que nacerá una pulsión parcial, destinada a un objeto que, por su indiferenciación con el pecho de la madre, se constituye en objeto parcial y por lo tanto es introyectado parcialmente, desplegándose frente a él impulsos autoeróticos derivados de la incapacidad del bebé de distinguir en un primer momento la realidad exterior.
Al quedar por primera vez satisfecha el hambre a través de la succión y el llenado del estómago, la tensión psíquica se alivia, dando paso a derivados de emociones, designadas por Freud (1900/2003) como huellas mnémicas. El fin libidinal de esta etapa es la incorporación del alimento mediante la succión con la boca; esto es lo que permite que se constituyan las representaciones primarias objetales, que dan poco a poco estructura al Yo del niño, además de que la madre, como mencionábamos anteriormente, proporciona al niño su Yo estructural para aliviar estas ansiedades. Estos objetos introyectados serán fuente de energía, conservados hasta el momento en el mundo interno, como objetos parciales internalizados. Es así que se plantea la existencia de un autoerotismo oral que se gratifica placenteramente, al margen de la saciedad del hambre.
En esta primera etapa del desarrollo psíquico, el bebé también tiende a escupir, vomitar o cerrar la boca, en rechazo a la alimentación displacentera —como el mal sabor o la saciedad—. Esta función digestiva de expulsión o rechazo, da paso en lo psíquico, al proceso primitivo de la proyección. Cameron (2011) al respecto, señala que el niño escupe y vomita algunas veces como reflejo y otras a propósito, estos actos se convierten en modelos de proyección, siendo así un rechazo simbólico.
La dentición tiene otro papel importante en la etapa oral, ya que el niño está en capacidad de retener el pecho con los dientes como respuesta a su retirada. Este acto genera un alivio, por lo que las pulsiones en esta etapa también se fijan al objeto parcial oral, dando paso a lo que Abraham (1994) denominaría etapa canibalística2 en donde se da paso a la relación ambivalente con el objeto.
Los procesos hasta aquí descritos sientan las bases de fenómenos escisionales
en relación a los objetos, ya que de esta manera estos reciben pulsiones tanto libidinales como agresivas, y una vez interiorizados dichos objetos pueden ser proyectados al generan displacer. Estos procesos en conjunto permiten la internalización de los objetos, favoreciendo la formación de la estructura que constituirá el núcleo del mundo interno del niño, y a su vez del Yo.
Fenichel (2009) nos dice que la succión del pulgar es una muestra de que no sólo el alimento proporcina placer, de lo contrario el niño rechazaría su pulgar. Por lo tanto, queda claro que no es sólo la saciedad del hambre lo que el niño busca, sino tambien un placer a través de la boca que va más allá de lo físiológico.
La segunda etapa del desarrollo psicosexual, descrita por Freud (1905/2003) es la Etapa Anal. Corresponde de los 16 a los 38 meses de nacido, aproximadamente. La zona erógena es el ano y en esta etapa las heces representan el primer “regalo” por medio del cual el pequeño puede expresar su obediencia hacia el medio circundante. Este “regalo”, más tarde cobra el de “hijo”, el cual según una de las teorías sexuales infantiles, se adquiere por la comida y es dado a luz por el intestino —también conocida como teoría cloacal, en donde el infante asume la existencia de un solo orificio, por lo que existe la convicción de que el bebé es expulsado como excremento—.
El control de esfínteres es uno de los actos que el niño hace para que la madre no deje de quererlo, es así como esta relación entre madre e hijo está, en esta etapa, determinada por el control de esfínteres, dándose así la primera experiencia decisiva que el niño tiene en relación con la disciplina y la autoridad exterior; esto nos permite comenzar a ser seres psicosociales.
No solo el control de esfínteres es importante durante esta etapa, también lo es el control de las emociones. Freud (1923/2003) explica que los precursores del Superyo se desarrollan en esta etapa, los describe en 1905 como los diques del asco y la vergüenza, fundamentales para lo que después se convertirá en el Superyo, heredero del complejo de Edipo.
La etapa anal también se caracteriza por tener como fuente orgánica de excitación la mucosa anal, y en general la región perineal. Al igual que la etapa oral, se trata también de una fase con un carácter ambivalente y autoerótico; esto se debe a que la pulsión se encuentra dirigida a un órgano excitatorio del propio cuerpo relacionado con la actividad de retener y de expulsar, y en consecuencia está referido a la actividad de control de la musculatura intestinal.
En esta etapa quedan relacionadas funciones de la defecación y la micción, a la representación del dominio del propio cuerpo, relacionándole con la autoridad de las figuras parentales, particularmente cuando la madre inicia la formación de conductas respecto a las heces y la limpieza.
Durante este periodo, la madre en sus intentos por enseñar al niño el control de esfínteres, puede mostrarse en el mundo interno del infante como un objeto amenazante o gratificante respecto de los deseos del niño de retener el excremento y disfrutar de la excitación sensual que esto le provoca, o bien la disminución de tensión que la evacuación le genera. La actitud de la madre por sobrevalorar la evacuación, da al niño la impresión, de que está perdiendo algo sumamente valioso de sí mismo, generando en él la sensación de pérdida. Por el contrario, cuando la madre se muestra con una relativa indiferencia o repulsión hacia las heces el niño, éste puede expulsar con la sensación de no haber gratificado a la madre.
De acuerdo con Spitz (2003) en la etapa del control de esfínteres, hay ya una representación de objetos internos, por lo que esta zona del cuerpo se convierte en la zona masturbatoria y de complacencia a dichos objetos internos, esto nos permite entender el papel que tienen los padres en la conformación de lo que después será el Superyo.
Así pues en esta etapa, los conflictos están fuertemente ligados a los procesos de internalización de los deseos de la madre frente a los propios deseos. Esto da como resultado que la disciplina que la madre pretende imponer al niño, genere representaciones internas del control y de la venganza, las cuales dependerán de cómo ha sido la madre en esta etapa —como ejemplo el ser dominantes si la madre así lo ha sido—, de igual modo las conductas de avaricia y generosidad son resultado de la valoración afectiva con que la madre responda a la emisión o retención de las heces del niño.
Dentro de esta etapa se encuentra el proceso que Mahler, Pine y Bergman (2002) definirían como el proceso de diferenciación —que será abordado posteriormente a profundidad—, el cuál es resultado de la ambivalencia experimentada hacia la madre. Freud (1905/2003) afirma que el carácter pasivo o retentivo, prefigura en esta etapa el rol femenino, la agresividad y la expulsión vengativa el carácter activo que corresponde con el rol masculino, por ello se le conoce también como fase sádico anal; esto no significa que resulte de esta etapa una organización masculina o femenina, sino más bien una disposición pregenital que se le relacionará en la etapa siguiente.
Respecto a esta etapa, Cameron (2011), señala que a la par del control de esfínteres se da una fase de autoafirmación, es decir que el niño se va diferenciando de la madre gracias a la participación del padre y los hermanos que le invitan a tener esfuerzos por diferenciarse y constituirse en una persona a parte —situación que de igual manera comparten Mahler et al. (2002) en la tercera subfase de acercamiento del proceso de separación individuación—. A la par, el niño descubre que los padres desean de él algo, un control intestinal en horarios y lugares específicos, por lo que en ocasiones tiene la oportunidad de frustrarlos y decepcionarlos, de este modo padres angustiados ante estas situaciones podrían experimentar en esta etapa ansiedades que en el futuro se conviertan en problemas.
La tercera etapa del desarrollo psicosexual descrita por Freud (1905/2003) es la Etapa Fálica. Durante esta etapa, la zona erógena son los genitales infantiles. Lo primero que debemos de tomar en cuenta es que el niño llega a esta etapa desprovisto de un Superyo, —pues como se ha señalado solo existen hasta este momento precursores de éste—, motivo por el que hay pulsiones incontrolables que los precursores superyoicos no siempre pueden contener.
Freud explicaría a lo largo de sus postulados teóricos, que el niño por la relación cercana a la madre, experimentará sentimientos y deseos sexuales hacia ella; de ahí que retomara el mito de Edipo Rey para dar explicación de los procesos que suscitan en esta etapa. De igual forma Cameron (2011) señala que esta etapa —la cual sucede entre los tres y cuatro años de edad— se caracteriza porque el niño experimenta sentimientos tiernos y profundos de enamoramiento hacia el padre del sexo opuesto, lo que le lleva a sentir celos profundos con el padre del mismo sexo, esto da paso a una rivalidad que despertará una lucha compleja y decisiva en la vida emocional del niño; también este mismo autor señala que es importante el papel que juega la fantasía infantil en el niño, ya que éste considera la posibilidad de poder casarse con su progenitor del sexo opuesto, fantasía a la que después renunciará, dando paso así al Superyo.

Tanto en la niña como en el niño su objeto de amor inicial es la madre, esto debido a lo vivenciado con ella en las etapas anteriores, a las que según Bergeret (2005) podemos denominarlas etapas preedípicas. Al descubrir la niña que no tiene pene, se siente castrada, culpando a la madre por tal condición, lo que hace que se debilite la catexia hacia la madre. Comienza a preferir al padre que posee el órgano que a ella falta; el amor de la niña al padre se mezcla con la envidia por tener lo que ella no tiene, y así es como en esta etapa se establecen relaciones triádicas y después triangulares entre madre, padre e hija. En el niño la etapa fálica es distinta, pues desea a la madre desde un inicio, esto le lleva a rivalizar con el padre —con el deseo de eliminarlo para poseer a la madre—, fantaseando que el padre puede llegar a vengarse y hacerle daño despertando un temor-angustia de castración. Esta fantasía se encuentra fundamentada por la fisionomía de la mujer, la cual hace suponer al niño que existe la posibilidad de no poseer pene debido a una castración.
La pulsión en esta etapa, tiene como zona de placer la región genital, aunque Freud (1905/2003) también se refiere a los componentes uretrales. Vale la pena aclarar que para Freud, no existe como objeto de la pulsión sexual un órgano distinto al pene, por lo que su representación anatómica en la mujer supondríamos que corresponde al clítoris. Esta etapa del desarrollo psicosexual es llamada fálica por hacer referencia al falo.
Las diferencias anatómicas hacen que esta etapa tenga un desarrollo diferente en cada sexo, como lo señalábamos anteriormente, esto particularmente en relación al temor a la castración. La importancia del destino de la pulsión sexual en esta etapa está en el pene y el clítoris. El falo se vuelve el objeto fundamental de la pulsión por lo que adquiere importancia para el niño, esto da paso a una amenaza ante los deseos sexuales hacia la madre, y temor por parte del padre hacia la castración; al existir un Yo más desarrollado, como resultado de las etapas anteriores, el niño es capaz de ligar su libido y dirigirla hacia un objeto externo, en este caso a la madre, lo que genera la situación edípica, ésto da paso a dos situaciones distintas:
La primera es la resolución de la angustia de castración, en donde el niño definirá su rol de carácter pasivo o activo respecto de su genitalidad, y la segunda es la identificación con la figura paterna, lo que permite una identidad genital, un Yo más fuerte y mediante este proceso de internalización de los padres se da paso al desarrollo del Superyó resultado de la resolución del complejo de Edipo.

Esta fase del desarrollo psicosexual sería para Freud, a lo largo de la creación de la teoría psiconalítica, el evento central que da paso a la estructuración psíquica, proporcionando objetos integrados de los padres, pues los antes introyectos objetos parciales ahora se integran en objetos totales.
Sin ser abarcado a profundidad por Freud, el caso de la niña es distinto, pues sintiéndose castrada vivirá un proceso más prolongado, reorientando sus deseos hacia el objeto paterno poseedor del pene, situación que hace que rechace a la madre por haberla privado de él. Freud (1905/2003) plantea, así pues, que la mujer tiene una debilidad del Superyó, y da como resultado la postura masoquista e inmadura de la mujer —esto último fue debatido posteriormente por otros autores, en desacuerdo con el planteamiento Freudiano—.
Freud (1905/2003) describe que el infante al finalizar la etapa fálica llega a un periodo de calma, denominado periodo de Latencia, un estado transitorio entre la primera infancia y la adolescencia, caracterizado por el hecho de que la mayor parte de la energía pulsional de los niños es utilizada en tareas escolares, es decir en el aprendizaje, el juego o algún tipo de deporte. Durante este período, la interacción del niño con su medio ambiente y sociocultural, adquiere una gran relevancia, pues él recibe una serie de mensajes a los cuales es muy susceptible en esta época y que influyen en la formación de su personalidad y de sus roles sociales y sexuales. El niño, tiende a abandonar su posición un tanto individualista, para cambiar hacia la socialización con sus compañeros y con los adultos; abarca aproximadamente de los seis a los diez años y se puede decir que inicia con la resolución del complejo de Edipo y el establecimiento del Superyo en la Etapa Fálica. Es así que iniciará el Periodo de Latencia, tema que aboradaremos brevemente en el siguiente apartado.

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